Quería despertar y no podía, me sentía tan pesada, mis párpados, mis manos y brazos eran grandes piedras que pesaban toneladas. Mi cuello paralizado, sonidos lejanos, empujones.
Sin embrago, sabía lo que estaba pasando, yo vivía. Me arrojaban bruscamente al vacío, sentí como el edredón en la cama se deslizaba conmigo, al infinito. La caída no fue menos dramática; el dolor era insaciable, podía imaginar el rojo vivo en el que ardía mi cara por el impacto.
Respiraba, ya no estaba dormida: estaba despierta. Aun así inmóvil. Fui consciente de mi posición. Logré recordar cada detalle de la habitación. Tomé una decisión.
Finalmente cobré fuerzas y me armé de coraje. Estaba exhausta de luchar contra un fantasma. Enfurecí y lo logré: crucé los brazos. Pude despertar, me senté en mi lugar.
No vuelvo a dormir boca arriba. GCA.
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